En la era de la cultura digital e interactiva, formar parte de un fandom como el de ARMY (fans de BTS), swifties (fans de Taylor Swift), entre otros, se ha convertido en una experiencia masiva que moviliza emociones profundas, sentido de pertenencia y organizaciones altamente cohesionadas. Sin embargo, cuando la admiración hacia un artista, serie o videojuego cruza ciertos límites, surgen preguntas clave sobre la salud mental, el control y los vínculos parasociales.
Para profundizar en este fenómeno desde una perspectiva científica y social, conversamos con la psicóloga Jenny Adanaque, docente de la Universidad Científica del Sur e integrante del Grupo de Investigación en Desarrollo, Salud y Evaluación Psicológica (GIDS-EP).
¿Por qué nos volvemos parte de un fandom?
Desde la psicología, involucrarse de forma intensa en un fandom responde fundamentalmente a una necesidad de pertenencia a un grupo con el cual se comparten intereses, valores y códigos asociados al reconocimiento social. Lejos de ser una actividad aislada, esta práctica promueve que las personas tomen decisiones en libertad sobre una actividad artística, serie, videojuego o cualquier aspecto o actividad con la que se identifiquen.
«La pertenencia a un fandom facilita el desarrollo de capacidades comunicativas como la expresión de habilidades sociales y la creación de contenido, lo que fortalece la competencia de liderazgo y logro. A nivel emocional, identificarse con un contenido o artista genera bienestar y funciona como una estrategia para afrontar el estrés de la vida cotidiana», resalta la especialista.
En los jóvenes y adolescentes, este proceso de identidad se observa en expresiones cotidianas como la incorporación de vocabulario interno, indumentaria, entre otros códigos.
Vínculos parasociales y el laberinto de la privacidad
Un aspecto complejo de la cultura de fans es el desarrollo de vínculos parasociales, donde la conducta fanática se sustenta en una percepción familiar del artista. Como explica la docente, esto se refuerza a través de las redes sociales cuando se socializa contenido de las actividades personales de las figuras públicas. «El fan tiende a valorar que, como sigue al artista hace años, conoce cómo piensa, siente y actúa», explica.
Los algoritmos actuales normalizan el acceso masivo a información, fotografías, comentarios o localizaciones, haciendo que los fans perciban como algo cotidiano conocer cada detalle de la vida de su ídolo. No obstante, pueden presentarse conductas de riesgo cuando no se han interiorizado límites sanos.
«Cuando se presentan conductas de acoso, hipervigilancia o persecución hacia la figura de admiración, se genera incompatibilidad entre una relación real y una recíproca o irreal. Por ello, es significativo psicoeducar hacia una cultura de alfabetización digital real; es decir, enseñar a reconocer límites, regular emociones y diferenciar entre la identidad personal e identidad del fandom», sugiere.
La paradoja del cuidado: Sobreprotección, control y agresión intergrupal
En comunidades altamente cohesionadas, como el caso emblemático de ARMY, el fandom de BTS, se observa una dinámica particular: por un lado, un rol de sobreprotección casi parental hacia el artista; por el otro, la paradoja de ejercer violencia, insultos o amenazas contra otros seguidores para imponer normas de cuidado.
Desde la psicología social, la experta explica esto como una transformación donde la identidad del «yo soy» se convierte en un «nosotros». «Nosotros somos ARMY, nosotros protegemos a BTS».
Esta identidad grupal otorga un falso poder para controlar la conducta de los demás bajo la premisa de definir al «buen fan» (quien defiende) frente al «mal fan» (quien critica). La especialista explica que, en las interacciones dialógicas extremas, la indignación y la deshumanización del otro justifican la agresión como un supuesto acto de defensa
«Desde un aspecto crítico, un límite saludable deja de ser un límite personal y se convierte en una norma que se pretende imponer a los demás. Recordemos que controlar es imponer una conducta hacia otra persona”, advierte.
Bienestar psicológico frente a la dependencia emocional
Para muchos, el fandom actúa como un valioso soporte emocional frente a la soledad o la tristeza, promoviendo la creatividad, los vínculos afectivos y objetivos comunitarios a favor de la colectividad.
Sin embargo, la especialista advierte sobre el riesgo de la dependencia:
“El fan puede presentar un malestar psicológico cuando solo utiliza esta pertenencia como única estrategia y no busca otras alternativas para afrontar situaciones de soledad o tristeza. Además, si las actividades del fandom se trasladan sin filtro a la vida diaria, se pueden generar conflictos en las interacciones familiares, las relaciones de pareja, las amistades, el descanso y las actividades económicas», puntualiza.
Funcionamiento saludable vs. señales de alerta
Ser fan es funcional y saludable cuando no se genera dependencia emocional y la persona mantiene la capacidad de desvincularse con facilidad. Su centro de interés no se reduce únicamente al fandom, sino que cultiva otros espacios, amistades y muestra tolerancia ante las críticas hacia su artista preferido. Adanaque explica que la postura equilibrada se resume en la premisa:
«Mi ídolo es valioso e importante para mí, pero mi vida, mi tiempo, mi salud no dependen de el».
Por el contrario, la línea hacia un comportamiento obsesivo y perjudicial se cruza cuando la devoción invade los espacios personales. Algunas señales de alerta claras incluyen:
Pérdida de control y dependencia emocional severa.
Gastos económicos excesivos que comprometen la estabilidad personal o familiar.
Renuncia a necesidades básicas o bienestar propio por priorizar al artista.
Agresiones a terceros bajo la justificación de «defender» al ídolo.
Como reflexión final, la especialista nos invita a replantearnos la profundidad de estos afectos con una interrogante clave: ¿hasta qué punto se puede admirar a un ídolo sin caer en la dependencia, y es posible mantener ese vínculo preservando la propia identidad, el bienestar y respetando los espacios personales del otro? La respuesta, en esencia, radica en aprender a admirar sin invadir ni perderse en el proceso.