El color del cielo en Lima no es solo una cuestión estética, sino una «fotografía directa del estado físico del aire». Según un reciente análisis de la especialista Christie Durán, magíster en Ciencias e Ingeniería y docente de Ingeniería Ambiental de la Universidad Científica del Sur, la combinación única de contaminación por aerosoles, alta humedad y sales marinas define la paleta de colores, que va desde dorados pálidos hasta grises perlados, tonos que caracterizan a los atardeceres de la capital peruana.
La ciencia del color
Aunque la posición baja del Sol al atardecer es un factor natural, la presencia de contaminantes en la atmósfera limeña juega un papel clave. «La contaminación tiene un rol fundamental en los cielos rojizos, violetas o anaranjados; de forma específica, la contaminación por aerosoles afecta significativamente la apariencia del cielo», explica Durán.
La paleta de colores: Durán señala que, a diferencia de las ciudades secas con rojos intensos, en Lima «dominan los tonos ámbar suaves, dorados pálidos y rosados tenues». Esto sucede porque la neblina marina y los aerosoles salinos filtran el azul y suavizan los rojos, transformándolos en colores pastel.
El rol de las nubes: Las nubes bajas actúan como un difusor natural que atenúa la radiación solar. Incluso tras el ocaso, la base de estas nubes continúa reflejando luz, lo que hace que Lima ofrezca «atardeceres prolongados, delicados y suaves, que reflejan fielmente las condiciones físicas de su atmósfera costera».
Verano vs. Invierno: En verano, la atmósfera presenta mejores condiciones de ventilación, por lo que los colores se perciben con mayor nitidez. Por el contrario, en invierno, la saturación de microgotas de agua actúa como un «extenso filtro natural» que apaga los dorados y otorga al cielo un aspecto perlado y difuso.
¿Qué pasaría si eliminamos la contaminación vehicular?
Contrario a la creencia popular, si la contaminación vehicular de Lima desapareciera, los atardeceres no se volverían pálidos. Según la especialista, «se volverían más claros, más definidos y en muchos casos, visualmente más agradables, aunque con una estética distinta a la actualmente conocida».
Al eliminarse el «filtro» de hollín y óxidos que acentúa los rojos oscuros, los tonos dorados y rosados se percibirían con mayor nitidez y luminosidad. En este escenario, Durán concluye que «Lima no perdería la singularidad de sus atardeceres, sino que los redescubriría», reflejando una mejora real en la calidad de la atmósfera que envuelve a la ciudad.