Investigadores analizaron el potencial de conservar y restaurar pastizales y matorrales altoandinos en la cuenca del Rímac y estimaron cómo su degradación podría afectar la disponibilidad de agua durante la época seca.
La seguridad hídrica de Lima no depende únicamente de los reservorios, trasvases y otras obras de infraestructura. También se juega en las partes altas de las cuencas que abastecen a la ciudad. En la cuenca del río Rímac, más del 30 % del territorio no cuenta con vegetación natural y cerca de un 20 % adicional de la cobertura se ha perdido por procesos de degradación durante las últimas décadas, revela un nuevo estudio publicado en la revista Land.
La situación es relevante porque los pastizales y matorrales altoandinos forman parte de los ecosistemas que intervienen en la regulación del agua del Rímac, principal fuente de este recurso para más de 10 millones de personas. Su deterioro puede modificar la manera en que el agua circula y se distribuye dentro de la cuenca, particularmente durante los meses de estiaje, cuando la disponibilidad hídrica disminuye.
“No se trata solamente de construir infraestructura para almacenar agua, sino también de conservar los ecosistemas que ayudan a regularla”, explica Alfredo Salinas-Castro, docente de la Universidad Científica del Sur y autor del estudio.
La pérdida de vegetación que también puede afectar al agua
El estudio analizó precisamente la relación entre la degradación de estos ecosistemas y la disponibilidad de agua.
Para ello, los investigadores utilizaron dos modelos. RIOS permitió identificar áreas de pastizales y matorrales degradados con potencial para acciones de conservación y restauración, mientras que SWAT permitió simular cómo diferentes escenarios de degradación podrían modificar el comportamiento hidrológico de la cuenca.
La investigación planteó tres escenarios de degradación: aproximadamente 2 826, 6 566 y 10 720 hectáreas. El escenario de mayor extensión mostró una diferencia de 2,39 % en el caudal durante la época seca, equivalente a aproximadamente 4 millones de m³ de agua entre junio y agosto respecto al escenario de referencia.
Para Salinas, el dato permite dimensionar la importancia de conservar las áreas que todavía existen, «la estrategia no pasa necesariamente por recuperar territorios donde la vegetación ya desapareció, sino por evitar que continúe el proceso de degradación».
Una de las zonas que destaca en el análisis es la cuenca de Santa Eulalia, donde se concentra una parte importante de las áreas priorizadas. Los resultados del estudio muestran que los portafolios de restauración no se distribuyen uniformemente y que Santa Eulalia y el Rímac Medio concentran buena parte de las primeras áreas identificadas.
La época seca es especialmente importante para Lima porque es cuando disminuyen los aportes naturales de agua. En ese periodo, la capacidad de los ecosistemas altoandinos para regular el recurso adquiere mayor relevancia.
«La capacidad de la cuenca del Rímac para abastecer a Lima se encuentra limitada desde hace años, razón por la cual se recurre al trasvase del Mantaro y a otras infraestructuras para complementar la oferta que pide Lima», remarca Salinas.
Una amenaza que podría intensificar el problema
El fenómeno El Niño añade otra variable a esta discusión, aunque el estudio no modeló los efectos futuros del cambio climático ni de El Niño. Salinas aclara que la investigación utilizó información histórica, pero considera que los extremos de lluvia y sequía hacen todavía más importante conservar los ecosistemas de las cabeceras.
Según explica, el problema no es únicamente que pueda caer más lluvia, sino que esta puede concentrarse en periodos más cortos, aumentando el riesgo de huaicos y erosión, mientras que las sequías pueden prolongarse durante más días.
En ese escenario, los ecosistemas naturales podrían funcionar como una pieza adicional para amortiguar los extremos y mejorar la regulación del agua, junto con la infraestructura existente.