Los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) representan una problemática de salud mental en creciente expansión, pues afectan a más de tres millones de adolescentes a nivel mundial según informes de la Organización Mundial de la Salud. Y tienen un impacto crítico en la población adolescente peruana, afectando especialmente a adolescentes de entre 15 y 20 años, según el Ministerio de Salud (Minsa).
Por ello, un reciente estudio científico liderado por investigadores peruanos ha identificado que el trauma derivado del contacto sexual no deseado durante la infancia y adolescencia constituye un factor de riesgo asociado para el desarrollo de la bulimia nerviosa, que se caracteriza por el consumo de grandes cantidades de comida (atracones) y el uso de conductas compensatorias para evitar subir de peso (vómitos inducidos, uso de laxantes, ayuno, entre otros). Esto supera la influencia del entorno digital, la cual ocupa un rol de refuerzo.
“El abuso sexual establece una base de vulnerabilidad que altera la relación con el propio cuerpo y la gestión de los afectos, los cuales se ven afectados al margen de la presencia o no de las redes sociales”, explica Tomás Caycho-Rodríguez, psicólogo e investigador titular de la Universidad Científica del Sur.
El investigador y coautor del estudio recalca que esta vivencia coloca en mayor riesgo al adolescente de desarrollar conductas alimentarias de riesgo, que implica un comportamiento y hábitos que dañan su conducta física y mental (dietas estrictas, ayunos prolongados, ejercicio excesivo). Así, una víctima de un abuso sexual atraviesa procesos intrapsíquicos que la exposición a contenidos estéticos no alcanza a capturar por completo.
¿Cómo se hizo el estudio?
Para alcanzar estas conclusiones, la investigación analizó una muestra de 283 adolescentes de instituciones educativas secundarias en Chimbote (Ancash), con edades entre los 13 y 17 años. El estudio utilizó una metodología rigurosa que combinó instrumentos estandarizados para medir retrospectivamente el trauma y la sintomatología bulímica, junto con un cuestionario especializado para evaluar la interacción con estándares de belleza en redes sociales.
El análisis estadístico, basado en modelos lineales generalizados y mediación múltiple, permitió demostrar cómo el trauma infantil predispone la vulnerabilidad hacia los TCA, independientemente del género. La investigación fue publicada en la International Journal of Social Psychiatry.
La investigación contó con la participación de un equipo multidisciplinario de investigadores de la Universidad Científica del Sur, conformado por: Eyleen Xiomara Alvarez-Tueros y Marlo Obed Alcántara-Obando, de la Universidad César Vallejo; Julio Torales, de la Universidad Nacional de Asunción de Paraguay y Antonio Ventriglio, de la Universidad de Foggia de Italia.
El papel de las redes sociales: un amplificador, no la causa
Aunque el contenido estético en plataformas como Facebook, Instagram y TikTok influye en la sintomatología bulímica al promover la comparación social, el estudio concluye que las redes no son el canal predominante por el cual el trauma se transforma en enfermedad.
“Si bien las redes operan como factores socioculturales que refuerzan la insatisfacción corporal, el trauma parece establecer una base de vulnerabilidad que atraviesa procesos psicológicos mucho más profundos”, detalla Caycho-Rodríguez.
Recomendaciones para profesionales y familias
Ante la identificación de riesgos, el equipo investigador propone recomendaciones clave para abordar la problemática desde dos frentes fundamentales:
- Enfoque clínico: Los profesionales de la salud deben priorizar intervenciones orientadas a la regulación emocional, el manejo de la disociación y el trabajo terapéutico sobre la imagen corporal. Es fundamental que el tratamiento no se limite a lo nutricional, sino que trate la bulimia como una respuesta al trauma, permitiendo al adolescente abordar la causa raíz de su dolor.
- Guía para padres y educadores: Ante conductas de riesgo como el ensimismamiento, cambios bruscos de energía o reticencia a relacionarse con otro, los padres deben evitar el juicio y buscar asistencia profesional especializada en trauma. Asimismo, se recomienda implementar una “higiene digital” en el hogar: esto implica acompañar el uso de dispositivos, educar sobre cómo los algoritmos refuerzan cánones de belleza inalcanzables y estar atentos a si estas plataformas están afectando la autovaloración del adolescente, en lugar de intentar controlar su libertad de navegación.
Urgencia de un enfoque integral
Ante estos resultados, el equipo investigador hace un llamado a las autoridades y a las instituciones educativas para transitar hacia modelos de prevención informados en el trauma.
“Se necesitan abordajes integrales que combinen la atención del trauma, el fortalecimiento de habilidades emocionales y una educación mediática”, enfatizan en la investigación.
Tomás Caycho-Rodríguez concluye que es imperativo sistematizar protocolos de derivación efectiva entre colegios, centros de salud mental comunitaria y especialistas en trauma, una hoja de ruta que, según advierte, aún no está consolidada en el sistema nacional. Finalmente, el estudio reivindica la necesidad de visibilizar que los varones víctimas de abuso enfrentan riesgos similares a las mujeres, rompiendo el estigma de que los trastornos alimentarios son una problemática exclusivamente femenina.