La preocupación por la apariencia física puede formar parte de la vida cotidiana. Sin embargo, cuando comienza a interferir con las actividades diarias, las relaciones interpersonales o se mantiene durante semanas o meses, puede convertirse en una señal de alerta para la salud mental, según revela un reciente estudio publicado en la revista Medicina Clínica y Social.
El estudio, realizado en estudiantes de Medicina de Paraguay, analizó la relación entre la insatisfacción corporal y la autoestima. Los resultados encontraron una asociación entre una mayor insatisfacción con el propio cuerpo y menores niveles de autoestima.
Más que una preocupación relacionada únicamente con la apariencia, los autores plantean que la insatisfacción corporal puede formar parte de un conjunto más amplio de factores vinculados con el bienestar psicológico. En particular, el estudio encontró que la insatisfacción corporal se mantuvo asociada con una menor autoestima incluso después de considerar variables como el índice de masa corporal, el sexo y los antecedentes de otros trastornos mentales.
“No solamente es el cuerpo [objetivo] lo que afecta la autoestima, sino que es la experiencia psicológica del propio cuerpo. La percepción corporal y el sesgo por el peso, por ejemplo, o por la comparación social también pueden ser muy determinantes al momento de explicar el malestar psicológico”, explica Tomás Caycho Rodríguez, investigador titular de la Universidad Científica del Sur y autor del estudio.
No se trata solamente del peso
Uno de los hallazgos relevantes del estudio fue la diferencia entre el peso corporal y la percepción que una persona tiene de su propio cuerpo. Si bien el índice de masa corporal se relacionó con la insatisfacción corporal, no mostró una asociación significativa con la autoestima.
Para Caycho Rodríguez, esto sugiere que el impacto psicológico no depende únicamente de las características físicas objetivas, sino de cómo cada persona interpreta y experimenta su propio cuerpo.
Esta diferencia resulta importante porque una persona puede sentirse insatisfecha con su apariencia independientemente de su peso. Factores como la percepción corporal, la comparación social y la manera en que se evalúa el propio cuerpo pueden influir en el malestar psicológico.
¿Cuándo debería preocuparnos?
Para el especialista, una de las principales señales de alerta aparece cuando la preocupación por el cuerpo deja de ser ocasional y empieza a afectar el funcionamiento cotidiano.
“Todo problema de salud mental, en general, si es que uno percibe que eso ya interfiere en sus actividades diarias y no les deja avanzar en sus actividades diarias, eso ya es un indicador importante”, señaló.
La persistencia también es relevante. Si la preocupación se mantiene durante semanas o meses y afecta las relaciones interpersonales, es recomendable prestarle atención. En el caso de la imagen corporal, además, la comparación con otras personas puede reforzar el malestar.
Una preocupación que puede pasar desapercibida
Los estudiantes universitarios, y particularmente quienes cursan Medicina, enfrentan condiciones que pueden incrementar la presión psicológica. El investigador señala que esta población combina exigencias académicas, estrés, ansiedad relacionada con el rendimiento y estándares asociados con la formación profesional. A ello puede sumarse la autoexigencia relacionada con la apariencia.
En este contexto, una autoestima positiva puede funcionar como un factor protector frente al malestar psicológico. El especialista señala que una valoración positiva de uno mismo se ha relacionado con menor malestar y puede contribuir a prevenir experiencias negativas como el estrés y la depresión.
¿Qué pueden hacer las universidades?
Frente a estos hallazgos, Caycho Rodríguez considera que la insatisfacción corporal debería dejar de ser vista únicamente como una preocupación estética y ser considerada dentro de las estrategias de cuidado de la salud mental estudiantil.
El especialista también plantea desarrollar espacios psicoeducativos sobre imagen corporal, comparación social y uso de redes sociales, así como actividades que promuevan una relación más funcional y menos negativa con el propio cuerpo.