El Perú atraviesa nuevamente un escenario de alerta frente al fenómeno de El Niño Costero. La Comisión Multisectorial ENFEN mantiene activa esta condición y, en su último comunicado, señaló que el evento podría alcanzar magnitudes fuertes durante los próximos meses. El escenario climático mantiene en vigilancia a diversas regiones del país ante posibles lluvias intensas, inundaciones y otros impactos asociados.
Los efectos de este fenómeno no se limitan a las calles inundadas, los huaicos o los daños en viviendas e infraestructura. El exceso de agua también puede convertirse en un problema de salud pública: altera las condiciones sanitarias, favorece la contaminación de fuentes de agua y aumenta el contacto de las personas con lodo y aguas que pueden contener microorganismos.
Durante una emergencia por lluvias e inundaciones también pueden aumentar las lesiones por caídas, golpes o contacto con estructuras y objetos peligrosos, mientras que las interrupciones en el acceso a agua segura y las dificultades para conservar y manipular alimentos pueden favorecer las enfermedades diarreicas.
Entonces, ¿por qué un fenómeno climático puede terminar provocando un problema sanitario? ¿Qué enfermedades deberían preocuparnos más ante un escenario de lluvias e inundaciones? ¿Y qué medidas pueden tomar las familias para reducir su exposición?
Para responder estas preguntas, conversamos con José López Revilla, infectólogo e investigador de la Universidad Científica del Sur, quien explica cómo los eventos asociados a El Niño pueden modificar las condiciones ambientales y favorecer distintos riesgos para la salud de la población.
¿Qué mecanismos hacen que un evento de El Niño pueda aumentar las enfermedades infecciosas? ¿Qué enfermedades deberíamos vigilar particularmente en Lima durante un escenario de lluvias intensas o interrupciones del servicio?
Hay cuatro factores por los que un evento de El Niño incrementa las enfermedades infecciosas, y cada uno ejerce sus efectos de modo independiente. El primero es el zancudo Aedes aegypti, que transmite el dengue, es un insecto que desarrolla con la temperatura elevada. Con más calor pica con mayor frecuencia, sus larvas se desarrollan más rápido y el virus se ensambla rápidamente para contagiar. El resultado es que una población de mosquitos que ya existe puede pasar de generar casos aislados a sostener una epidemia sin que haya aumentado su número.
El segundo factor es el agua contaminada. Las lluvias intensas arrastran hacia los ríos y quebradas todo lo que encuentran, incluidos residuos de actividades humanas y animales; los desagües se desbordan; y el agua que llega a las plantas de tratamiento lo hace tan cargada de barro que los procesos de potabilización se ven exigidos al límite. La turbidez protege a ciertos parásitos y virus del efecto del cloro, escondiéndolos dentro de las partículas de sedimento.
El tercero son los animales. Las inundaciones desplazan a los roedores de sus madrigueras y su orina termina en el agua superficial, esto genera la leptospirosis, una enfermedad febril que en el Perú se diagnostica en eventos de inundaciones, y que puede ser grave.
El cuarto es el desorden social, el hacinamiento en albergues puede incrementar enfermedades respiratorias y diarreicas.
¿Qué diferencia existe entre el riesgo sanitario de una inundación y el de una interrupción prolongada del agua potable?
Hay que dejar clara la diferencia: inundarse no es lo mismo que quedarse sin agua. Una inundación o un huaico es un evento agudo y concentrado. Mucha gente se expone a la vez, durante poco tiempo, a un agua muy contaminada. Los casos de enfermedades aparecen en un pico rápido, entre tres y diez días después, y luego bajan. Lo que domina son la leptospirosis, las lesiones y las diarreas por exposición directa. Un corte prolongado de agua potable funciona al revés. No hay un agua sucia que enferme a la gente: hay una ausencia de agua limpia que impide lavarse las manos. La transmisión pasa a ser de persona a persona y por superficies, con dosis pequeñas, sostenida en el tiempo. En vez de un incremento de casos que se resuelve, hay un incremento sostenido de casos que no termina. Y entonces, aparece el zancudo Aedes, porque las personas necesitan almacenar agua, y funciona como criadero. Sin agua no hay lavado de manos, ni esterilización de instrumental, ni hemodiálisis, ni limpieza de ambientes. Un corte prolongado no solo enferma a la población: compromete la capacidad del sistema de salud para atenderla.
Para Lima Metropolitana, el riesgo más probable no es la inundación masiva, sino la interrupción del servicio de agua potable. Y para que eso ocurra no hace falta que llueva en Lima: basta con que llueva fuerte en la cuenca alta del Rímac. El barro que baja por el río puede obligar a detener la operación de las plantas de tratamiento de La Atarjea, y la ciudad se queda sin agua con el cielo despejado.
Eso reordena las prioridades de preparación. En orden: garantizar un mínimo de agua por persona y por día en los distritos afectados; insistir en que el agua almacenada se guarde tapada, tanto para que no se contamine como para que no críe zancudos; asegurar planes de contingencia hídrica en hospitales y centros de salud; y monitorear el cloro residual en el punto donde la gente realmente consume el agua, no solo a la salida de la planta.
La razón de vigilar los indicadores del agua y no solo los casos de enfermedad es sencilla: cuando los casos aparecen, la ventana para prevenirlos ya se cerró.