¿Qué nos hace sentir parte de una cultura originaria en un mundo que nos empuja constantemente a la homogeneización? Esta es la pregunta que aborda una reciente investigación, basada en el análisis de más de 488,000 registros de encuestas nacionales, que reveló que identificarse con una etnia originaria de nuestro país no solo depende exclusivamente del idioma materno o el fenotipo, sino también del entorno sociocultural en el que nacemos y crecemos.
El estudio identificó un escenario constante: los grupos con mayor orgullo étnico habitan zonas en donde hay una alta presencia de “cultura viva”, que incluye al folclore y sus expresiones, y cultura material, tales como monumentos y zonas arqueológicas. Todo ello se engloba en lo que los investigadores denominaron como “rooting” o “arraigo”, un fenómeno que vincula lo emocional con lo geográfico, alimentado por las memorias cotidianas de las personas.
Para Raúl Castro, investigador de la Universidad Científica del Sur y coautor del estudio, “la autoidentificación étnica como narrativa es cultura viva que está usándose permanentemente como elemento diferenciador en el mundo contemporáneo. Es un elemento de orgullo y posicionamiento en el mundo”.
Esta autoidentificación es un proceso colectivo y territorial, marcado por las prácticas cotidianas que ocurren en estos espacios cargados de herencia cultural. “No solamente se trata de fenómenos donde las personas se relacionan con cosas o tienen costumbres; sino que, en la interlocución, en el conversar cotidiano, se hace además memoria y narrativas», explica el decano de Comunicaciones y Artes Escénicas de la Científica.
Así, se observaron tres grandes elementos que moldean la identidad:
- Sitios arqueológicos: Este elemento estuvo presente en el 73% de los lugares analizados. Nacer cerca de estos monumentos prehispánicos aumenta significativamente las posibilidades de reconocerse como quechua, aimara o afroperuano.
- Reducciones indígenas coloniales: Hallados en el 22% de lugares observados. Nacer en estos distritos incrementa fuertemente las probabilidades de identificarse como aimara o quechua. Actualmente, las comunidades que habitan en ellas las han resignificado como lugares de autoorganización y resistencia.
- Asentamientos afroperuanos: A pesar de que solo el 2% de los distritos estudiados contaban con una presencia histórica afrodescendiente, nacer en ellos duplica las posibilidades de identificarse como tal. La cultura viva es un pilar importante para esta etnia, que se sostiene en tradiciones como la música y la gastronomía.
Castro pone como ejemplo a la reciente revalorización de la identidad muchik al norte del Perú: “alrededor del Señor de Sipán se ha gestado un orgullo étnico anclado en lo prehispánico. Se lo coloca como padre de un linaje rodeado de gastronomía, religiosidad, cultura mística y turismo”.
En el caso de la identidad amazónica, al carecer de estructuras prehispánicas, su “arraigo” funciona de forma distinta, enfocada sobre todo en la reproducción de memoria viva, a través de sus costumbres diarias, las prácticas chamánicas, el uso de plantas medicinales y las artes musicales y visuales, como los cantos rituales (ícaros) o el arte textil kené del pueblo shipibo.
La nostalgia como ancla cultural
El estudio desafía el mito de que migrar a las grandes ciudades borra la cultura de origen. Para Castro, el arraigo sobrevive gracias a la nostalgia: “Si bien la migración atenúa la autoidentificación, no hace que esta desaparezca por completo, sino que logra mantenerse viva a través de experiencias a las que recurres cuando estás en comunidad. Por eso los grupos de migrantes en las ciudades son fuertes”.
El mito del mestizaje irreversible
El investigador explica que, durante el siglo XX, existía la fuerte creencia de que América Latina caminaba hacia un “mestizaje irreversible” que terminaría absorbiendo las diferentes identidades. Sin embargo, datos como los recogidos en esta investigación demuestran que el desarrollo de las comunidades étnicas se mantiene constante.
«El mestizaje es un proceso amplísimo y abarcador, pero no necesariamente es irreversible ni unívoco. Los procesos de mestizaje muchas veces están acompañados de procesos de autodesarrollo étnico en paralelo. No se ajusta a la evidencia decir que todos vamos rumbo a un mestizaje abarcador total», explica Raúl Castro.
La investigación señala que el mestizaje viene siendo a menudo una dinámica que posiciona a los actores en situaciones de competencia social. En consecuencia, muchas personas se reconocen como “mestizos” como un escudo social frente al estigma, el racismo y la discriminación.
Frente a esta presión por la homogeneización, los especialistas remarcan que reconocerse como indígena o afrodescendiente se posiciona como una herramienta de diferenciación y de afirmación sociopolítica.
El camino hacia una ciudadanía intercultural
Castro resalta la necesidad de transformar este diagnóstico en acciones concretas. Para ello, el Estado debe aprovechar la fuerza del fenómeno del arraigo a través de políticas públicas orientadas a:
- Educación sin prejuicios: Históricamente, el racismo llevó a muchos quechuhablantes a alejar a sus hijos y nietos de aprender el idioma y evitar su exclusión. «Los abuelos que hablaban quechua les decían a sus nietos: ‘aléjate para que no se te pegue el mote’, y los alejaban para que interrumpan el aprendizaje de las lenguas nativas”, cuenta Castro. Por ello, la educación formal debe acentuar el orgullo por el aprendizaje de las diversas lenguas.
- Impulso a la industria cultural nacional: En un mundo en el que los gigantes del entretenimiento como Netflix o Spotify marcan la pauta, las identidades étnicas tienen un alto valor diferencial en el mercado. “Es un activo para la generación de recursos. El auge de películas en quechua o en aymara lo demuestra», comenta el investigador.
- Representación en el ideario nacional: El discurso oficial del país no puede abarcar únicamente lo criollo/mestizo. “¿En qué medida la narrativa quechua, aymara, awajún, shipibo o afroperuana tienen que estar presentes en las narrativas nacionales? Reconocer esa presencia te sirve para afianzar la autoestima y para la representación frente a lo público»
El estudio ayuda a comprender la autoidentificación étnica como un motor vivo para el futuro más que una huella del pasado. «Todo esto nos lleva a un escenario de diversidad cultural rico, vivo y que necesariamente tiene que llevarnos a un terreno educativo donde contemplemos estos procesos con los más jóvenes”, finaliza el especialista.
En esta investigación también participaron Martín Benavides Abanto, actual director del Instituto Internacional de Planeamiento de la Educación de la UNESCO, y Martín Moreno Vigo, investigador de Penn State University (USA) y el Banco Mundial.