En América Latina, una de las regiones más biodiversas del planeta, contar el medioambiente se ha convertido en una tarea cada vez más compleja y, en muchos casos, peligrosa. Un reciente estudio sobre narrativas ambientales en países megadiversos advierte que el periodismo ambiental enfrenta presiones estructurales que no solo condicionan lo que se publica, sino también quiénes pueden contarlo.
“Las narrativas están bastante condicionadas, especialmente por intereses políticos y económicos”, señala la periodista e investigadora Natali Guerrero, “Estas presiones operan tanto de forma directa a través de la censura o el control de la pauta publicitaria, como de manera más sutil, mediante la autocensura dentro de las redacciones”.
Entre informar y sobrevivir
El estudio, basado en entrevistas a 21 profesionales de la comunicación ambiental en América Latina y Europa, revela que los periodistas no solo enfrentan obstáculos editoriales, sino también riesgos personales. En algunos casos, cubrir temas como la minería ilegal, la deforestación o los conflictos territoriales ha derivado en amenazas, hostigamientos e incluso el exilio.
De acuerdo con los testimonios recogidos, varios periodistas han optado por abandonar sus países ante el riesgo de represalias. El temor a perder el empleo, a ser silenciados o incluso a poner en riesgo sus vidas influye directamente en las decisiones editoriales, limitando la profundidad de las coberturas.
Según el estudio publicado en la revista Desde El Sur de la Universidad Científica del Sur, este escenario se agrava en una región dondela labor periodística se desarrolla en contextos marcados por desigualdades estructurales, concentración mediática y debilidad institucional, factores que dificultan el ejercicio de un periodismo independiente y riguroso.
Narrativas que no logran cuestionar el fondo
A pesar de que el periodismo ambiental ha logrado posicionar temas como el cambio climático o la sostenibilidad en la agenda pública, su capacidad para cuestionar los modelos de desarrollo sigue siendo limitada.
Gran parte de la cobertura se centra en las consecuencias de la crisis ambiental: desastres naturales, contaminación o pérdida de biodiversidad, sin profundizar en las causas estructurales que la originan. “Se narra lo que está pasando, pero no siempre se cuestiona lo que hay detrás”, advierte Guerrero.
Esta limitación no solo responde a decisiones editoriales, sino también a las condiciones en las que trabajan los periodistas: falta de tiempo, recursos y especialización, además de un ecosistema mediático que sigue considerando el medioambiente como un tema secundario.
El reto de traducir la complejidad
Más allá de las presiones, el periodismo ambiental enfrenta un desafío adicional: hacer comprensibles temas complejos sin caer en la simplificación. En ese sentido, su rol va más allá de informar, traduce el conocimiento científico y conecta los problemas globales con la vida cotidiana.
Las narrativas más efectivas, coinciden los especialistas, son aquellas que incorporan contextos locales y voces de comunidades directamente afectadas. Historias basadas en experiencias concretas permiten reducir la distancia entre fenómenos globales, como la crisis climática, y las realidades diarias de las personas.
Entre la urgencia climática y la precariedad
El estudio también identifica desafíos estructurales como la precariedad laboral, el acceso desigual a herramientas tecnológicas y la dificultad para verificar información en contextos de desinformación. A ello se suma el fenómeno del greenwashing, mediante el cual empresas difunden discursos ambientales que no reflejan sus prácticas reales, lo que exige un mayor rigor por parte de los periodistas.
En paralelo, el crecimiento de las plataformas digitales y los llamados “eco influencers” abre nuevas oportunidades para la difusión de contenidos ambientales, aunque también plantea riesgos en términos de calidad informativa y verificación.
Un desafío estructural
En un contexto de emergencia climática, el periodismo ambiental enfrenta una paradoja: es más necesario que nunca, pero también más vulnerable. Las universidades y los medios de comunicación coinciden los especialistas, tienen la responsabilidad de situar el medioambiente en el centro del debate público y de fortalecer la formación de periodistas con una mirada interdisciplinaria.
Porque, en última instancia, contar el medioambiente es disputar la forma en que se entiende y se responde a esta crisis. Y en América Latina, esa disputa sigue atravesada por intereses que van mucho más allá de lo ambiental.